
Anabella Casalle
19 de junio de 1942 — 25 de febrero de 2026
Nació el 19 de junio de 1942 en el entonces Distrito Federal. Siendo muy pequeña fue llevada a Monterrey, donde quedó al cuidado de unas tías. No conoció a su padre y su madre formó una nueva familia. Creció entre circunstancias que pudieron haberla endurecido, pero en ella despertaron algo distinto: una profunda sensibilidad hacia las personas y una fuerza que la acompañaría toda su vida.
Después se trasladó a Saltillo. Allí, en el barrio, conoció a Alfredo, quien se convertiría en su esposo y en el padre de sus hijos. Ella estudió en la Escuela Normal y se formó como educadora; él cursó sus estudios en la Universidad Agraria Antonio Narro. Cuando ya estaban casados y tenían tres hijos, emprendieron juntos una nueva etapa en Querétaro, donde Anabella comenzó su trayectoria profesional.
Formaron una familia de seis hijos: Mirna, Raúl, Neto, Anabella, Edna y Carlitos Héctor Hugo, quien murió a los tres meses de nacido. Su ausencia acompañó siempre la historia familiar, como sucede con quienes, aun habiendo estado poco tiempo, dejan un lugar que nadie puede ocupar.
Anabella tenía una curiosidad que nunca se agotaba. Le interesaban el universo, la metafísica, lo divino y los significados que otras personas pasaban por alto. Creía que la vida era más amplia de lo que alcanzamos a ver y encontraba belleza en hacer las cosas a su manera.
Su sensibilidad también encontró expresión en la pintura sobre porcelana, disciplina en la que destacó hasta convertirse en una de las mejores del país. Su dedicación y talento la llevaron a presidir el club de pintura de su ciudad, desde donde compartió su amor por un arte que exige paciencia, precisión y delicadeza.
En 1982 comenzó otro de los capítulos centrales de su vida al integrarse a Toastmasters. Durante 44 años cultivó la oratoria, fortaleció su voz y acompañó a otras personas en el descubrimiento de la suya. Permaneció vinculada a la organización hasta su fallecimiento, y su huella fue tan profunda que, un mes después de su partida, su club adoptó su nombre: un reconocimiento poco común que refleja el cariño, el respeto y la influencia que dejó en esa comunidad.
También estudió homeopatía y acompañó a cientos de personas que acudieron a ella en busca de bienestar. En esa labor, como en tantas otras, entregó tiempo, atención y cuidado.
Su muerte llegó de manera inesperada. En apenas quince días, una vida construida a lo largo de 83 años cambió para siempre el ritmo de quienes la amaban. Anabella falleció el 25 de febrero de 2026.
La rapidez de su partida no disminuye la magnitud de lo que dejó.
Anabella permanece en sus hijos, en sus nietos, en su familia, en cada pieza de porcelana que pasó por sus manos, en quienes encontraron en ella compañía y en cada persona que aprendió a hablar con mayor seguridad gracias a su ejemplo.
Permanece también en un club que decidió llevar su nombre y en todos aquellos que todavía la buscan en una conversación, en un recuerdo o en el color morado de una pared.
Porque hay vidas que, incluso después de terminar, siguen encontrando maneras de quedarse.




